Comentario Nº 87, 15 de abril de 2002

      Desafío: ¿Importa la Superpotencia?

      George Bush tiene ahora una prioridad in mente, y es la invasión de Iraq; Ariel Sharon tiene otra prioridad in mente ahora, y es destruir a la Autoridad Palestina y eliminar a Yassir Arafat del escenario político. Aunque Bush siente la mayor simpatía por lo que Sharon está haciendo, interfiere en este momento con su preocupación principal, y hasta Cheney se lo ha dicho.

      A regañadientes, Bush ha lanzado un ultimátum a Sharon: ¡Basta! Para él no era fácil hacerlo, en términos de la política estadounidense. Todos le están volviendo la espalda por ello: los republicanos de derecha, los demócratas, el lobby israelí... Pero también tiene que lidiar con los saudíes, los jordanos, los marroquíes, los egipcios, y hasta con los bahrainíes. Estos últimos no tienen peso en la política estadounidense, pero tienen bases militares, y la capacidad de legitimar lo que Bush desea hacer. También los israelíes cuentan con un arma para utilizar contra Bush, el apoyo interno en Estados Unidos, y los palestinos tienen las suyas, la necesidad estadounidense de un apoyo tácito árabe a fin de reducir la indignación mundial cuando Estados Unidos invada Iraq.

      Dada esa necesidad estadounidense, Bush le ha gritado que pare a Sharon, pero éste le ha dicho que no lo va a hacer, y de una forma no muy educada. El New York Times, al que no se puede considerar entusiasta de Arafat, decía en su editorial del 9 de abril: "Es un insulto al Sr. Bush y a Estados Unidos". Y efectivamente lo es. Bush y Sharon están jugando a ver quién se raja antes. Y hasta ahora es Sharon quien va ganando la partida. A eso se le llama, indudablemente, desafiar a una superpotencia.

      ¿Qué puede hacer Estados Unidos al respecto? No mucho, y con eso es con lo que cuenta Sharon. ¿Cuáles serán las consecuencias? En Israel/Palestina serán desastrosas para la región. Pero en otros lugares serán desastrosas para Estados Unidos. El desafío es contagioso. Si Sharon puede llevarlo a cabo, ¿Por qué no Europa? ¿Por qué no Rusia? ¿Por qué no China? ¿Por qué no Canadá, por no hablar de México o Brasil?

      El poder consiste en el miedo de los demás a no poder escapar sin castigo. Eso es lo que el propio Bush ha venido diciendo. Decía que los talibanes pensaban que podrían salirse con la suya apoyando a Al Qaida en su ataque a Estados Unidos; y él, Bush, les demostró que no sabían con quién estaban jugando. Puede que estuviera en lo cierto en lo que se refiere a los talibanes; ¿Pero qué puede hacer con Sharon? ¿Enviar a las Fuerzas Especiales? ¿Cortarles el comercio exterior, o la ayuda estadounidense? ¿Quién se está choteando de quién? Aunque quisiera, y seguramente no quiere, esas iniciativas están simplemente fuera del marco de la posibilidad política.

      Cada paso que ha dado Bush le ha metido más en el lodo. Entró en funciones decidido a no repetir lo que pensaba que era el error de Clinton, la implicación personal en un acuerdo en Oriente Medio. Pensaba que se trataba de una apuesta sin esperanza que debilitaba la autoridad del presidente estadounidense. En esa posición había cierta lógica, por retorcida que fuera. Pero ha tenido que rendirse. Primero envió a Zinni, luego a Cheney, ahora a Powell. Lo único que le falta es convocar a todos a Camp David. Y si lo hiciera en este momento, Sharon no acudiría.

      Quizás, no sé, en las conversaciones privadas en la Casa Blanca alguien diga que se pueden haber dado pasos equivocados. ¿Se pueden remediar los errores? El problema es que un poco de cosmética en la política exterior estadounidense no cambiará mucho. Cuando un automóvil se precipita cuesta abajo y los frenos no funcionan bien, hay que ingeniárselas para disminuir la velocidad sin dar la vuelta de campana. Incrementar la velocidad no suele ser la mejor solución. La incuestionada hegemonía estadounidense se está viniendo abajo. Ése es el mensaje que Sharon, que probablemente se considera a sí mismo un gran amigo de Estados Unidos, y con seguridad de sus presidentes conservadores, está enviando al mundo. Y otros, menos amistosos hacia Estados Unidos, y con seguridad hacia sus presidentes conservadores, oirán muy claramente el mensaje.

      Ese desafío ha tenido ya un fuerte impacto en Europa, donde el ambiente político básicamente pro-israelí se ha transformado de repente en una considerable desaprobación y hasta hostilidad. Benjamin Netanyahu, el crítico israelí de Sharon desde la derecha, dice que eso demuestra lo que él siempre había creído, que los europeos son todavía antisemitas (supuestamente a diferencia de los estadounidenses). Pero eso no es, en gran medida, sino una retórica estúpida. Algunos europeos son efectivamente antisemitas, como lo son algunos estadounidenses, pero el antisemitismo no es actualmente el motor de la actitud europea, ni tampoco lo es el drama de los palestinos, que para la mayoría de ellos es sólo una cuestión de menor importancia. Lo que los europeos están haciendo realmente es mostrar su consternación frente a la falta de inteligencia y el peligroso aventurerismo de la política mundial estadounidense.

      En cuanto a los árabes denominados "moderados ", el rey Mohammed VI de Marruecos se permite regañar a Powell en la televisión mundial, y el rey Abdullah de Jordania dice en televisión que Sharon ha convertido a Arafat en un santo, lo que quiere decir que no puede criticarle ahora más allá de lo que Bush podría criticar a la madre Teresa. En cuanto a Arafat, me han impresionado los comentarios de Uri Aznery, un pacifista israelí, que le visitó en Ramallah tras su confinamiento, pero antes de la actual ocupación por los tanques israelíes. Habló del aspecto calmado, casi sereno, de Arafat, y dijo que le recordaba al personaje Kutuzov de la novela Guerra y Paz de Tolstoi. Cuando sus generales le preguntaron a Kutuzov que podrían hacer si caían bajo el impacto de la invasión de Napoleón, sonrió y dijo: esperar. Y cuando Napoleón entró en Moscú y comenzó a caer la nieve, Napoleón decidió por sí mismo retirarse. Todo lo que hizo Kutuzov fue esperar. Arafat está esperando.

      Putin y los dirigentes chinos son igualmente pacientes. También ellos están esperando. Bush, sin embargo, no está esperando, está tratando de embaucarnos.

      Immanuel Wallerstein (15 de abril de 2002).


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